Conversación con la muerte: parte 1

La noche era fría, invernal, tormentosa. La habitación en penumbra se iluminaba con cada rayo que la tormenta traía. Los truenos eran el único sonido en aquella habitación. En un rincón del dormitorio, descansaba una joven, profundamente dormida. No parecía presentir nada fuera de lo común. Tenía las piernas enredadas con el edredón, su cabello negro y lacio estaba desparramado por la almohada y su pálido rostro. Sus manos abrazaban con fuerza uno de los tantos cojines de la cama.

Una sombra destacaba entre las demás en la oscuridad del dormitorio. Pero la chica, totalmente dormida parecía no advertir nada extraño. Otro rayo iluminó la estancia durante un instante. La sombra de antes se movió y en ese momento un cuerpo vestido de negro apareció, su rostro fue iluminado por esa luz. Se trataba de un hombre de unos treinta años, de cuerpo esbelto sin ser demasiado delgado, bajo sus ropas negras se notaba que debía de tratarse de alguien fuerte. Su pose era de una persona segura en sí misma. Su rostro algo pálido y salteado con algunas pecas, lo hacían parecer alguien lleno de inocencia, aunque sus labios demostraban preocupación y sus ojos una larga vida. Su cabello dorado brillaba en las sombras.

-Despierta Lucía. Necesito que despiertes. -dijo aquel hombre que antes se escondía en las sombras de la habitación de la joven. La mano del hombre tocó una de las manos de Lucía, pero ella sólo refunfuñó, cambió de posición y siguió durmiendo.

-Vamos, despierta. -El chico acarició su rostro y frunció el ceño. Lucía se estiró aún con los ojos cerrados. Pero en cuanto abrió los ojos, un chillido agudo desgarró el silencio del lugar.

-El chico le tapó la boca con su mano. -Ssshhhh… -Tranquila, no vengo a hacerte daño. ¿Prometes no gritar si quito la mano?

Lucía parecía estar muerta de miedo, temblaba bajo las manos de aquel hombre que había aparecido sin más. Las lágrimas comenzaron derramarse por sus rosadas mejillas.

-Niña, deja de llorar. No soy alguien malvado. ¿Vas a tranquilizarte?

Ella asintió, pero siguió llorando. Él cogió de la mesita de noche un pañuelo de la caja desechable que tenía ella. Se lo ofreció mientras se sentaba al lado de Lucía en la cama.

-Cálmate… yo… -El chico le tocó la mejilla llena de lágrimas y se las secó con otro de los pañuelos mientras la miraba.  – No voy a hacerte daño. Soy algo así como un amigo.

-¿Quién eres? -Dijo ella.

-No puedo decírtelo. Va contra las reglas incluso que me veas.

Lucía abrió los ojos, luego su rostro cambió y comenzó a sonreír. -Venga, va… ya lo he descubierto, es una broma de mis compañeros de trabajo, ¿no? No, espera… se trata de Hugo… siempre gastando bromas. ¿Cuánto te ha pagado?

-Esto es más difícil de lo que me pensaba. Veamos… Nadie me ha pagado. No es una broma y soy algo así como un amigo de otro plano astral. -¿Porqué cada año resultaba más difícil? La gente cada día dejaba más de lado lo paranormal dando explicaciones lógicas y científicas a cada circunstancia en la que nosotros teníamos algo que ver. Tener que dar explicaciones como esta no era agradable. Prácticamente no existíamos para los humanos, mi trabajo cada día se convertía en algo más incómodo.

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